El Rumor de la Tierra Lejana

AUTOR: Yasiel Alfonso

Hay un silencio que no calla,

un silencio que camina por la casa

como un huésped que no paga renta

pero se queda a vivir en el pecho.

Ese silencio se sienta conmigo

cuando cae la noche.

Cruza las piernas, me mira a los ojos

y me recuerda todo lo que no puedo abrazar.

La soledad, esa vieja compañera de viaje,

ha aprendido mi nombre

y pronuncia mis recuerdos

como si fueran semillas.

A veces el corazón grita tan fuerte

que los labios se quedan inmóviles.

Y entonces los ojos hablan.

Parpadean.

Parpadean como faros cansados

en medio de un mar oscuro.

Pero no se abren del todo al mundo,

porque abrirlos sería aceptar la distancia

que separa el alma de la tierra donde aprendió a latir.

Hay días en que el recuerdo huele a tierra mojada,

a café recién colado,

a voces familiares que aún viven en la memoria

como pájaros que se niegan a emigrar.

Y entonces el viento, cómplice del corazón,

trae el murmullo de los campos,

el eco de los caminos de infancia,

el polvo noble de la casa vieja

donde todavía vive mi nombre.

Ser emigrante es aprender a caminar con dos sombras:

una que avanza contigo

y otra que se quedó esperando en la puerta de tu pueblo.

Es conversar con la nostalgia sin dejar que te venza.

Es llorar en silencio

pero levantarse con la frente limpia cada mañana.

Porque la esperanza no es un grito, es una raíz.

Y las raíces aunque las arranque el viento,

aunque las cubra la distancia,

aunque el tiempo intente borrarlas,

siempre recuerdan el olor de la tierra donde nacieron.

Por eso sigo.

Con el corazón lleno de ausencias,

pero también de caminos.

Porque quien emigra no abandona su tierra.

La siembra dentro del pecho

y la hace florecer cada vez que decide no rendirse.